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Antonio Amorosa

testimonio de una vida de pintor

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Antonio Amorosa nace en Bojano en la regiòn de Molise (Italia) en 1945; aquì hace los primeros estudios artìsticos en la ciudad de Isernia.

Se inscribe en la Academia de las Bellas Artes de Nàpoles en 1963. Transfiriendose a Roma, ahì se gradua en 1967.

Desde el 1971 hasta el 1981 enseña pintura al Liceo Artìstico de Salerno. Trasladandose a Bergamo trabaja como docente en los cursos experimentales de pintura hasta el 2006.

Desde siempre sus intereses principales se centran en la investigaciòn en el campo de la pintura y de la tècnica del grabado. Vive en Bergamo.



Inizie a pintar en manera metódica más o menos a los 15 años.

Eran los años en los que se despreciaba — por motivos que todavía desconozco — el arte figurativo.

En aquella joven edad decidi iniciar a construir la figura humana combinando “formas básicas” de esencia geométrica.

Figuras creadas sólo como concepto y ordenadas como ligeras almas en espacios rítmicos de una partitura musical.

Alrededor de los 22 años comencé a realizar figuras más complejas, aún así necesite más años de estudio para perfeccionar las formas y los ambientes, ponerles sentido y poder crear una historia. Finalmente pinté en tela, en carta, sobre metal y sobre todos los materiales idóneos donde pudiera plasmar las vibraciones de mi alma.

Tratare de explicar a breves rasgos mi pintura.

Pudiera decirse que es hermética por su inaccesible aspecto.

Los significados que trasmiten parecen a primera vista difíciles de comprender, también oscuros, sin embargo son de rápida y fácil lectura si se los mira con ojos claros y sinceros como los de los niños.

Los volúmenes de las formas estallan cargadas de colores y aluden a emociones esculpidas sin ruido: esas emociones son el resultado de las cosas que por todas partes vemos en el espacio dentro del cual cada uno es el centro.

Después de todo, el arte, está hecho de la sustancia que compone nuestra memoria, será un patrimonio íntimo, privado, hasta que desaparezcamos.

Nuestros ojos deberían poder percibir todo lo que hay en una pintura, como si de aquella pintura emanara un perfume dorado de pan apenas sacado del horno.

El color, en su sustancia, saltará fuerte a la vista y resonará dentro de cada uno de nosotros: será como dura sustancia en la suave luz, será como el respiro de los ángeles, amigos desde el amanecer hasta la larga noche obscura.

AA

 

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